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¿POSVERDAD? ¡NO, GRACIAS!

Aunque hace ya tiempo que los estudiosos de la comunicación manejaban esa palabreja o neologismo sociológico, a los demás nos ha llegado y se ha puesto muy en boga, a propósito de los métodos utilizados en la campaña de D. Trump ganador de las elecciones norteamericanas, así como de las parecidas artimañas de estrategia y propaganda de quienes lograron la victoria en el referéndum inglés del Brexit de la Unión Europea. El análisis de los sistemas utilizados en ambos casos - semejantes a los copiados en otras campañas de imagen de partidos y grupos populistas hambrientos de demagogia-, que calcan y fotocopian las mismas formas y estilos, a base de reiterar medias verdades y rumores o sospechas jamás confirmadas, con la única pretensión de inundar las redes sociales con afirmaciones que favorezcan los propios intereses y devalúen los de otros… todo ello es fruto y consecuencia de la ahora tan cacareada posverdad.

El término posverdad –así, en castellano, sin t ni guión separador del prefijo como correcta traducción de la inglesa post-truth-, ha sido elegida palabra del año por el diccionario de Oxford y si hubiera de definirse vendría a ser “aquello que por diversas circunstancias influye más en modelar la opinión pública que los hechos objetivos: la emoción, los gustos y manías, el atractivo o rechazo personal de quien lo dice o hace, al margen de la veracidad de lo que dice o la bondad o maldad de lo que hace.”

Y parece como anuncian los gurús de la historia que «la comunicación ha entrado en una era que los expertos definen como la de la posverdad política», en la que la mentira emotiva y el argumento sensible, muchas veces sin un autor conocido y responsable, van a tener más fuerza de convicción y de configuración de la opinión pública que los hechos objetivos e innegables. Se tambalea el viejo aforismo de la comunicación “Facts are sacred, comments are free”, “los hechos son sagrados, las opiniones, libres”, que ha dado lugar a tantos códigos deontológicos, libros de estilo y gruesas y sesudas tesis argumentando y explicando la necesaria e imprescindible honestidad profesional, pues es sabido que toda información es siempre realizada por un sujeto, que tiene la capacidad de elegir o desechar un hecho y sus pormenores para que estos sean o no noticia, según su personal opinión. En todo caso –por no entrar ahora en más detalladas disquisiciones-, como nos enseñaron y ha de ser oro en paño y para siempre para los profesionales: el lector o el espectador debe gozar siempre de la honrada oferta de poder distinguir lo que pasó (los hechos) de lo que piensa el periodista o el periódico (opiniones) acerca de ellos.

Un conocido redactor de Le Monde diplomatique en español, apuntaba el enorme avance de estos comportamientos ayunos de ética: la actitud que se ha “extendido en muchos medios de comunicación ha invertido la fórmula. Un buen número de periodistas cree que las que son sagradas son sus –no siempre demostrables- opiniones, y no dudan por tanto en deformar los hechos para adaptarlos como sea a sus prejuicios. La parcialidad, la falta de objetividad, las mentiras, la manipulación, la información que se oculta o se minimiza, o simplemente el fraude, no han hecho más que aumentar y lo que es peor, estas derivas han alcanzado a los diarios de calidad”

Ha sido la certera palabra de los Obispos españoles la que me ha abierto los ojos haciéndome descubrir que nuestros pastores no están tan en la luna como a veces pensamos. El texto que sigue refleja a todas luces que al menos los más listos, están muy en la pomada de por dónde van las coordenadas de la actualidad: “En nuestro tiempo surge una nueva era que se denomina de la postverdad y que es consecuencia lógica del relativismo moral, por un lado, y por otro, de la modernidad líquida, pues tiene su fundamento en ambos”, decían el pasado 28 de mayo de 2017, fiesta de la Ascensión, en su Mensaje para la Jornada de los Medios de Comunicación.

Y extraían las consecuencias sociales y morales en esa era de la posverdad: “Todo ello da origen a un mundo precario sin nada estable, ni tierra firme, cuyas consecuencias se pueden ver ya en la concepción de la familia, en las relaciones personales, en el compromiso social y en la vida pública: la fidelidad ha sido sustituida por la flexibilidad. Se crea así una situación líquida, un tiempo provisional, sin principios sólidos, sobre el que no se puede construir el futuro. El tiempo de la postverdad lleva consigo, inevitablemente, el tiempo de la postbondad y el tiempo de la postbelleza. Cuando se pierde la referencia objetiva de la verdad desaparece también la bondad como guía de la acción humana orientada por la verdad y la belleza como expresión artística del bien y la verdad, valiosa por sí misma y agradable para los demás. La postverdad nos aboca a un mundo sin bondad ni belleza, un mundo sin amor ni alegría, un mundo en el que no cabe ni el progreso, ni la confianza ni la esperanza”. Y concluyen los obispos: “He aquí la llamada que nos corresponde si queremos asegurar lo humano: permanecer en la verdad, crecer y mantenernos en el terreno firme de la verdad”. Porque “en este servicio a la verdad, muchas personas han entregado su vida. A ellos agradecemos su generosidad y su entrega, y pedimos que sean recompensados con la Vida, por el Señor de la Verdad”. Sólo me cabe decir “amén”, con gratitud, por tantos compañeros que vivieron y trabajan aún con sacrificio al servicio de la verdad, que nos hace libres y humanos.

Alberto Cuevas Fdez.

Sacerdote y Periodista


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