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HABLAR DEL CRISTO A LOS JÓVENES

Puesto que mañana centenares de jóvenes vigueses van a seguir a la imagen física del Cristo de la Victoria por las calles de la ciudad, puede venir bien, al menos como pedagogía, el referirse a ciertas carencias de la religiosidad popular cristiana, siempre necesitadas de purificación; o el aludir a presentaciones insuficientes de la figura de Jesucristo que se dan en las tareas de formación con jóvenes y adultos e incluso en predicaciones, para contribuir así al descubrimiento y presentación del verdadero rostro de Dios que se nos ha manifestado en Cristo-Jesús. Porque es innegable que una sana pastoral cristiana, y particularmente la dirigida al mundo juvenil, solo es válida y evangelizadora si potencia adecuadamente el conocimiento histórico de Jesús de Nazaret y su mensaje, pero sobre todo si desemboca en una relación espiritual personal y comprometida con el verdadero Cristo. Ya Benedicto XVI nos advirtió de que “la figura de Cristo debe presentarse en toda su altura y profundidad. No podemos conformarnos con un Jesús a la moda”.

Como nuestro Plan diocesano de Pastoral en Tui-Vigo se centra este año nuevamente en el mundo de los jóvenes e invita a “acompañarlos a descubrir la alegría de Jesucristo y su Evangelio”, intentaré por ello ofrecer algunas reflexiones sobre el asunto, quizá para tenerlas en cuenta a la hora de presentar a la juventud la figura verdadera de Jesucristo, que debe ser camino, verdad y vida del creyente.

A bote pronto la primera reflexión me la sugiere la respuesta que Pedro y Juan dieron al paralítico que pedía limosna en la Puerta Hermosa del Templo: “No tengo plata ni oro, pero te doy lo que tengo: en nombre de Jesucristo Nazareno, levántate y anda”. La escena puede servir de paradigma para quienes trabajan en el difícil frente de la pastoral juvenil: el paralítico les pide dinero, sin embargo ellos le ofrecen una nueva vida. El “conflicto pastoral” aparece entonces y en la actualidad, porque los apóstoles entregan no precisamente lo que se les está pidiendo, sino aquello que poseen de parte de Cristo. La Iglesia no respondió en principio a las expectativas del mendigo tullido pero le regaló algo más valioso: la fuerza sanadora de Jesucristo, que va mucho más allá de lo que él sospechaba. En la medida en que valga para la pastoral juvenil, aquí tenemos una pista de actuación: los jóvenes en su connatural rebeldía propia de la edad, reclamarán aquí y ahora a la Iglesia, a los pastores, a los padres, a los catequistas lo que estiman para ellos imperiosa e ineludible necesidad. Por ello el educador y pastor ha de contemplar y tener claro que no se trata de contentarles momentáneamente atendiendo a sus exigencias ya. Sí que hay que ser excelentes y pacientes pedagogos, que saben que lo mejor y lo que tenemos que terminar dándoles es la vida nueva de Jesucristo, aunque no sea lo que al instante y en su concreta situación estén demandando. Viene a ser – y con los más jóvenes hay que hacerlo con mucho “xeito” y cariño -, lo que resulta metodología elemental en cualquier proceso pedagógico, y que Pablo de Tarso lo explicitaba así: “Tampoco yo, hermanos, pude hablaros como a espirituales, sino como a carnales, como a niños en Cristo. Por eso, en vez de alimento sólido, os di a beber leche, pues todavía no estabais para más” (1Cor 3,1-2). Pablo reconoce en esta somera indicación y reproche, la necesidad de la gradualidad en la instrucción de los cristianos: se ha de comenzar por un alimento muy fácil de digerir, la “leche espiritual”, y cuando se avanzó en la fe y se pasó de “carnales” a “espirituales”, entonces se podrá pasar a materias de fe de mayor profundidad, que también llevan consigo una mayor exigencia.

Hemos de prever muy bien la gradualidad en la formación cristiana, sabiendo que no siempre es posible dar de comer alimento sólido desde el inicio; y que los comienzos deben ser ordinariamente más suaves; pero tampoco debe perderse de vista que el ideal no es dejar a los cristianos en una fe infantil permanente. En particular, a los jóvenes universitarios hay que capacitarlos cuanto antes para recibir alimentos sólidos sobre la fe, pues en los otros ámbitos de su vida intelectual están recibiendo ya alimento contundente. Pues para con ellos y para con todos los destinatarios en la acción pastoral ha de tenerse claro que solamente una cimentada formación cristiana con apoyaturas razonadas y científicas, ofrece garantías de futuro para perseverar con convicción y alegría en el camino de la fe en un mundo que trata de erosionarla continuamente.

Alberto Cuevas F

Sacerdote y Periodista


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