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ARTIGO


CENTENARIO DEL PONTIFICADO TUDENSE DE LEOPOLDO EIJO GARAY (1914-1917)

DE CUANDO EL OBISPO DE TUI FUE “UN CHAVAL DEL ARENAL”

Alberto Cuevas Fernández. 06-02-2017

Pocas personas conocen que el Obispo que por más años pastoreará en la historia (40) la diócesis de Madrid, el vigués Mons. Leopoldo Eijo Garay, vivió sus primicias episcopales en esta, nuestra y suya, diócesis de Tui. Precisamente estamos ahora a punto de concluir las “fechas centenarias del pontificado tudense (1914-1917)” del entonces jovencísimo Obispo, a quien san Pío X encomendó regir la diócesis en la que había nacido 36 años antes. Y justo en el período en que me entretengo en desenterrar algunos datos de su ”tan breve como fecundísimo Pontificado” tudense -como lo calificaron las crónicas de la época-, tengo que lamentar la inútil pero sectaria decisión del ayuntamiento de Madrid (28 noviembre 2016) aplicando necróticamente la darwiniana ley de la memoria histórica, por la cual desposeyó de la Medalla de Oro de la Villa, al Obispo que tanto hizo, en su tiempo, por la educación y la caridad y la cultura de los madrileños más pobres.

Obispo de Tuy in extremis

Mons. Alberto Cuevas Fernández. Párroco de la Parroquia de La Soledad-O Castro-

El historiador y periodista Santiago Mata regaló a la parroquia viguesa de La Soledad su muy documentada tesis doctoral Leopoldo Eijo Garay (Pamplona, 1995) en la que estudia profusamente toda su vida: desde el nacimiento en el barrio vigués del Areal (11/abril/ 1878) hasta su muerte (31 / agosto/ 1963) en su residencia de la Atalaya del Castro, siguiendo los pormenores de sus primeros años en Vigo y los siguientes en Sevilla, Roma, Jaén, Santiago, Vitoria y Madrid…

Ahora queremos ceñirnos a su breve etapa de recién estrenado obispo de Tui, hace cien años. El historiador que buceó en los entresijos de su nombramiento episcopal, ocurrido el 28 de mayo de 1914, nos descubre que ya desde un año antes, el entonces Secretario de Estado, Cardenal Merry del Val, había pedido al Nuncio informes sobre quien con solo 35 años era ya prestigiosísimo profesor y canónigo lectoral de Santiago de Compostela, miembro de la Pontificia Academia Romana de Santo Tomás y “la gloria más pura del Colegio Español de Roma”. A partir de esos mimbres el vigués Leopoldo Eijo Garay acabó siendo nombrado Obispo, poco antes del fallecimiento de san Pío X, sin que su buen amigo el cardenal Merry del Val le hubiera anticipado nada en absoluto. Porque a todos iba a aparecer indiscutible que no se le nombraba por eso, sino por tratarse de “un joven de inteligencia privilegiada, pero modesto de origen y por virtud”, como recogería después el FARO DE VIGO.

Invitación a la consagración episcopal

Un chaval de Vigo, nacido frente a las olas del Arenal

Así se expresaba M. de la Fuente en el FARO DE VIGO al hacerse público el nombramiento de Leopoldo Eijo como Obispo de Tui: “humilde hijo del pueblo que por su talento, por la ciencia acumulada en su cerebro mozo, escaló en torneos del saber puestos reservados para los más doctos”. Parecidas expresiones se repetirían en la prensa en los días inmediatos a su consagración episcopal en la catedral de Santiago (8 de noviembre de 1914), recordando su larga e intensa biografía a pesar de contar solo con 36 años: “…nuestro ilustre paisano”, “…aquel humilde niño que, nacido frente a las olas que bañan el barrio del Arenal, se ha convertido debido a su tenaz laboriosidad en el estudio, en una de las principales figuras de la Iglesia española y de la intelectualidad de nuestra Patria” y ahora para siempre “lleva el nombre de Vigo unido a su brillante historia”.

No sin intención quiero citar en este punto las palabras del amigo recientemente fallecido, Lalo Vázquez Gil tantos años cronista de la ciudad de Vigo, quien montones de veces, al ver escritas retorcidas y sectarias interpretaciones o repetidas falsedades de los contados detractores del ilustre prelado vigués, volvíamos a repasar juntos la trayectoria humana, intelectual y pastoral de D. Leopoldo Eijo Garay y él como un estribillo me recitaba: “Alberto, esos nunca querrán enterarse de que Eijo ya era mucho Eijo antes de, también durante y aunque no hubiera habido Franco”. En una solemnísima ceremonia de consagración episcopal en la catedral de Santiago de Compostela, apadrinaron al nuevo Obispo su madrina de bautismo, Dña. Carolina, viuda de Tapias, y el Alcalde vigués, cuya ciudad le regaló la cruz pectoral. En tan hermosa fiesta de consagración y de estreno de Obispo “no podían quedar olvidados los pobres, y para que participaran del regocijo de toda la diócesis, el nuevo Obispo de Túy costeó raciones extraordinarias en la Cocina Económica y en todos los asilos de la ciudad”.

Su lema: “En verdad y caridad”

El nuevo Obispo eligió como lema episcopal “In veritate et charitate” –“en verdad y caridad”-, y en su primera carta pastoral explicaba cómo deseaba renovar la vida cristiana de sus diocesanos: tratando de “darle la verdad para el entendimiento y la caridad para la voluntad”, armonizando así creencias y vida práctica.

Desde Roma le preocupó mucho la cuestión social y le dio importancia no sólo desde el púlpito sino que promocionó numerosas labores de apostolado social: organizó conferencias y, en 1909, la Semana Social de España, en Santiago de Compostela y, en Vigo, se preocupó de la formación de los obreros en la doctrina social de la Iglesia. En el verano de 1915, al ofrecer un banquete en el salón de actos del seminario de Tui para los obreros que vinieron sobre todo desde Vigo, les agradeció que hubieran tomado “parte activísima en la dirección y mejor organización de las asociaciones católicas de obreros allí establecidas”. En el verano siguiente pronunció una “notable conferencia católico-social en el Balneario de Mondariz”, centro entonces de descanso de grandes personalidades de la vida social española. Un sacerdote contemporáneo aseguró que “si no hubo más labor social no fue por defecto del Obispo”.

Visita ad Límina y despedida

En 1917 realizó don Leopoldo su única visita al papa como obispo de Tui. Al regresar habló a sus diocesanos, como siempre lo hacía, maravillas del nuevo papa Benedicto XV; y a los seminaristas les contó la gran satisfacción del Santo Padre al conocer que en la diócesis se había construido un “seminario de verano”. Porque él había adquirido para la diócesis una finca en la playa de Alcabre -hoy centro de la asociación vecinal-, y dispuso que los seminaristas pasasen allí dos meses dedicados “a recreaciones honestas e higiénicas, ejercicios que vigoricen sus fuerzas físicas sin descuidar aquellos estudios especiales (lecturas, idiomas…) que integran la buena formación de un seminarista”; y luego, antes de empezar el nuevo curso… “que vayan a sus casas con sus familias”.

El Boletín del obispado de julio de 1917, que le homenajea y despide, reseñaba sucintamente las principales “obras de celo en armonía con las necesidades más urgentes”, llevadas a cabo por él durante sus años de Obispo en Tui, destacando las prioritarias referidas al clero y al seminario, y enumerando además las siguientes: cuanto hizo por fomentar la difusión y necesidad de una buena prensa católica, así como las obras sociales organizando y cuidando las hermandades obreras de Vigo; los ruegos para lograr el establecimiento en esa ciudad del la Residencia y Colegio de los Jesuitas; las fiestas de Reyes de los niños pobres y en general la vivencia de la caridad ; sus disposiciones sobre la catequesis y sobre las imprescindibles devociones a Jesús sacramentado y a la Santísima Virgen; la ayuda a las naciones europeas devastadas por la gran guerra; el entusiasmo por crear asociaciones y lazos de unión entre las parroquias y los fieles que tuvieron que emigrar…

Las niñas de sus ojos: el clero y el seminario

En su pontificado tudense merece un subrayado especial cuanto se refiere al clero y al Seminario; porque si bien algunas de las disposiciones establecidas por él en aquellas fechas pudieran parecernos, ahora mismo después de haberse celebrado el Vaticano II, de lo más normal y plenamente consolidadas, no se habrían logrado si obispos como él no hubieran despertado en el clero, y sobre todo en los futuros sacerdotes, la necesidad de formarse bien humanística, intelectual y espiritualmente.

Respecto a los sacerdotes su dedicación fue modélica y apuntó desde el inicio a procurar que fueran “ejemplares de sobriedad, de piedad, de espíritu religioso, de laboriosidad asidua y de tierna devoción” al Corazón de Cristo en la eucaristía y a la Virgen Santísima. A los pocos meses había instaurado la norma de que estos hicieran ejercicios espirituales; se actualizasen en teología, estudios bíblicos y moral; se reuniesen en los dos centros que creó para los retiros mensuales en Fragoso y en Tuy a los que también él acudía. En la primera primavera de su pontificado (1915) predicó en cuaresma en la catedral y ya en mayo inició la visita pastoral para conocer las 146 parroquias, en las que fomentó “la creación de catecismos y en favorecer la enseñanza y educación de la niñez para lo cual en muchas parroquias…” distantes de la escuela municipal subvencionó al párroco para que fuera sacerdote-maestro de esos niños.

Capítulo aparte merecería la también ejemplar dedicación al Seminario del que él mismo se nombró Rector: emprendió obras de remodelación, buscó los mejores profesores y formadores y así comenzó a elevarse con más vocaciones el nivel humano, académico y espiritual, pero sobre todo hubo un cambio de estilo porque les visitaba en las habitaciones, comía con ellos, era cercano en los recreos y les hacía bromas, o disfrutaban juntos cantando o, admirados, oyéndole declamar poesías…”Nadie pudiera haber hecho más en tan corto espacio de tiempo”, “como pudiera hacerlo un Padre el más amante por su hijos”, dejó escrito un cronista refiriéndose a su pontificado entre nosotros.

“Me voy con el alma rota”

En julio del 2017 hará cien años que hubo de despedirse de esta su tan querida diócesis. Nos dejó porque a petición personal del Rey Alfonso XIII fue nombrado Obispo de Vitoria, cesando entonces todos los rumores de que por deseo real iba a la diócesis de Madrid-Alcalá. En Nunciatura se estimó que todavía era muy joven, pero como indicaba uno de los informantes “ese manifiesto defecto que indudablemente tiene le desaparecerá con el tiempo”.

Me voy con el alma rota, dijo en la emocionantísima carta con la que se despidió. Tan solo se consuela, escribía, en poder dar la bienvenida –por cierto que en un tono muy humilde y elogioso-, a su querido sucesor, Don Manuel Lago González.

Bandera discutida, signo de contradicción y puñaladas de dolor -que profetizó a María el anciano Simeón-, fueron frecuentemente situaciones vitales de Mons. Eijo Garay - se ve que incluso post mortem-, y así pasó algunas veces del aplauso al abucheo, del éxito al silencio y de la alabanza al envidioso cuchicheo... Seguramente por ello él quiso ser tan devoto de las advocaciones marianas de los dolores y de la soledad…

CASI 55 AÑOS SIN “EL SEÑOR PATRIARCA”

El 31 de agosto de 1963 fallecía en su Atalaya del Castro, hoy Casa Rectoral de la parroquia de La Soledad, Mons. Leopoldo Eijo Garay, a donde el entonces Obispo de Madrid-Alcalá regresaba todos los veranos. Había nacido 85 años antes en el Areal vigués en casa de una familia rica a la que su madre servía. Huérfano de padre, la madre y el hijo hubieron de trasladarse a Sevilla en cuyo Seminario ingresó. En Roma se doctoró con las más altas calificaciones en Filosofía, Teología y Derecho Canónico. Ordenado sacerdote a los 22 años, fue profesor en Sevilla, canónigo en Jaén y en Santiago y luego Obispo de Tuy (1914-1917), de Vitoria (hasta 1923) y de Madrid-Alcalá desde ese año hasta su fallecimiento en Vigo.

PLACA QUE APARECE EN SU CASA

Hombre de cultura vastísima, fue también, entre otras muchas distinciones, Miembro de la Academia de Santo Tomás de Roma, Miembro de la Real Academia de Ciencias Morales y Políticas, Miembro de la Real Academia Española de la Lengua y de la Academia Galega, Presidente del Instituto de España, Consejero del Reino, Hijo Predilecto de la Ciudad de Vigo… Pero, sobre todos los títulos, siempre manifestó su orgullo por ser vigués y devoto del Santísimo Cristo de la Victoria. El Papa Pío XII le concedió “con carácter honorífico y ad personam” el título de Patriarca de las Indias Occidentales; y desde entonces en Vigo siempre se le llamó cariñosamente “el Señor Patriarca”.


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